8M: entre la igualdad proclamada y la desigualdad persistente

 

M.Sc. Sabrina Mora Alvarado

Orientadora

Cód. 1217

 

Cada 8 de marzo, en el marco del Día Internacional de la Mujer, volvemos a un punto de encuentro que no es festivo ni superficial. Esta fecha invita a la memoria histórica, la reflexión y al compromiso con las luchas que las mujeres han sostenido durante generaciones y que siguen siendo urgentes hoy. Con el paso del tiempo, una verdad se vuelve evidente: la igualdad formal, la que aparece en leyes y discursos, no siempre se traduce en una igualdad real y vivencial.

La brecha de la desigualdad se siente, sobre todo, en la vida laboral. Muchas mujeres siguen enfrentando entornos donde sus capacidades deben demostrarse una y otra vez para que su voz sea escuchada y finalmente validada. No basta con cumplir a cabalidad sus funciones; a menudo se exige un desempeño excepcional para acceder al mismo nivel de reconocimiento y legitimidad profesional que reciben los varones.

Identificarse como feminista o declararse a favor de la igualdad tampoco basta para transformar estas dinámicas. La experiencia demuestra que la desigualdad persiste incluso en espacios donde se habla constantemente de equidad. A veces las brechas son sutiles, pero se manifiestan con claridad en quién toma la palabra, quién define las agendas, y quién es escuchado sin interrupciones.

La participación en los espacios donde se toman decisiones todavía opera, en muchos casos, bajo razones implícitas de exclusión. Levantar la mano en una reunión, presentar un criterio técnico o asumir un liderazgo no debería exigir un esfuerzo extraordinario cuando proviene de una mujer. Sin embargo, esas barreras invisibles siguen ahí.

La mujer es tan capaz como el hombre de sostener procesos, liderar equipos, impulsar innovaciones, aportar creatividad, constancia y visión estratégica. Su contribución es real y esencial. Pero la disparidad en el reconocimiento, la incidencia, la distribución del poder y el acceso a puestos de decisión siguen marcando diferencias.

El 8 de marzo no es un recordatorio simbólico; es una llamada urgente a cuestionar las estructuras que perpetúan desigualdades. No se trata de felicitaciones ni de gestos conmemorativos, sino de mirar de frente la distancia entre lo que se proclama y lo que realmente ocurre en nuestra sociedad. También, es una oportunidad para preguntarnos qué legado estamos construyendo para las generaciones más jóvenes y si la igualdad que soñamos será la que ellas finalmente vivan.