
Para Ana Cristina Rojas, convertirse en orientadora fue un sueño que decidió perseguir cuando sus hijos ya habían crecido. Ingresó a la Universidad Nacional y comenzó un camino profesional que la llevaría a trabajar con estudiantes y familias, especialmente en contextos donde el acompañamiento era fundamental.
Durante años ejerció en la Escuela de Río Azul, como parte de un equipo interdisciplinario junto a una psicóloga y una socióloga. Allí descubrió que uno de los mayores regalos de la Orientación es poder ver, con el paso del tiempo, los frutos del trabajo: estudiantes que logran avanzar al colegio, concluir sus estudios, ingresar a una carrera o encontrar su propio camino.
Sin imaginar que algún día compartirían profesión, su hija, Anayansi Tenorio, encontró en ese ejemplo una inspiración. Para ella, elegir Orientación fue una decisión que también estuvo acompañada por el consejo de su madre, pero que respondía a una vocación propia: desde siempre se había sentido atraída por escuchar, servir y ayudar a las personas.
Hoy, ambas son orientadoras y vecinas de Zapote. Anayansi, de 43 años, trabaja como orientadora en el CTP Uladislao Gámez Solano, en Tirrases, mientras que Ana Cristina, de 68 años, disfruta de su etapa de pensionada. Sin embargo, la jubilación no puso fin a las conversaciones profesionales entre ambas. Todavía comparten estrategias, contactos, ideas y consejos, y se acompañan en los momentos de cansancio o frustración que también forman parte del ejercicio de la profesión.
Las dos coinciden en que comparten el gusto por ayudar, escuchar y buscar nuevas estrategias para acompañar a los estudiantes. También reconocen en sí mismas la fortaleza, el emprendimiento y el deseo de generar cambios positivos. Para Anayansi, una de las enseñanzas más importantes de su madre ha sido hacer las cosas con amor y empatía, pero también recordar que quienes acompañan a otros deben cuidar de sí mismas y hacer de su bienestar una prioridad.
Para Ana Cristina, ver a su hija elegir la misma profesión es motivo de orgullo. Nunca imaginó que seguiría sus pasos, pero reconoce que su hija pudo encontrar en su trabajo un ejemplo de compromiso, proactividad y búsqueda de oportunidades para sus estudiantes.
Más que compartir una profesión, madre e hija comparten una forma de entender la Orientación: como una oportunidad para acompañar procesos y ver crecer generaciones. Incluso hoy, cuando se encuentran con antiguos estudiantes en una tienda, un banco o cualquier otro lugar, ambas celebran al reconocerlos y saber que han salido adelante.
Esos encuentros son, quizá, la mejor muestra de que la vocación de orientar deja frutos que permanecen mucho después de que termina una jornada de trabajo. Y en el caso de Ana Cristina y Anayansi, ese legado también encontró una manera de crecer dentro de su propia familia.



