Dos generaciones, una misma sensibilidad

 

Para Fanny Rojas Vargas, elegir Orientación fue también encontrar una profesión en la que podía poner al servicio de los demás una profunda sensibilidad social. Después de completar su secundaria mediante el programa de Bachillerato por Madurez, ingresó en 1989 a la Universidad de Costa Rica para estudiar Orientación. Antes había cursado estudios en la UNED y obtenido un diplomado en Educación Primaria, pero su interés por acompañar a las personas y comprender sus realidades la llevó a continuar formándose hasta alcanzar su licenciatura y, años después, una maestría.

Su vocación también estuvo marcada por una experiencia que tuvo como estudiante de noveno año. En ese momento, una profesional en Orientación la ayudó a conocer mejor las posibilidades de la carrera, sus materias y el camino que debía recorrer para alcanzarla. Fanny recuerda aquel acompañamiento como una influencia importante en su propia elección profesional.

Décadas después, sin proponérselo, su historia comenzaría a inspirar a su hija, Irene Lucía Chacón Rojas.

Irene creció viendo de cerca el trabajo de su madre, especialmente durante los años en que Fanny se desempeñó en el Colegio Nocturno de Cartago. Observó cómo acompañaba a personas adultas que, pese a sus propias circunstancias, buscaban construir nuevas oportunidades para sus vidas. También fue testigo de la creatividad, el compromiso y, sobre todo, el cariño con que su madre ejercía la profesión.

Cuando llegó el momento de elegir carrera, Irene consideró diferentes áreas, pero la Orientación terminó haciendo ese “guiño” que la llevó a escogerla. No se trató simplemente de seguir los pasos de su madre. Fue descubrir, a través de su experiencia, que ella también quería ayudar, escuchar y acompañar a las personas, especialmente a quienes enfrentan mayores condiciones de vulnerabilidad.

Hoy, Fanny e Irene comparten profesión, aunque sus caminos profesionales tienen matices distintos. Fanny ha desarrollado una especial cercanía con el trabajo con familias y poblaciones vulnerables, mientras Irene ha orientado su experiencia hacia el desarrollo sociolaboral y de carrera, actualmente desde el Instituto Nacional de Aprendizaje. Ambas, sin embargo, coinciden en una misma sensibilidad: la convicción de que la Orientación puede convertirse en un punto de apoyo determinante para una persona que atraviesa un momento difícil.

Compartir la profesión también les ha permitido nutrirse mutuamente. Conversan sobre experiencias, comparan perspectivas y han sido testigos de cómo la disciplina evoluciona con el paso de las generaciones. Fanny aporta la experiencia acumulada durante décadas de ejercicio profesional; Irene, una mirada más fresca hacia nuevos espacios y formas de ejercer la Orientación.

Para Irene, una de las enseñanzas más importantes de su madre ha sido aprender a mirar más allá de lo aparente. Comprender que aquello que se observa de una persona es apenas una fotografía de un momento y que detrás existe una historia mucho más amplia. Una enseñanza que hoy lleva a su propia práctica profesional al procurar acercarse a cada persona desde su realidad, acompañarla y ayudarla a construir un proyecto de vida con sentido.

Para Fanny, ver a su hija convertirse en orientadora representa un orgullo enorme. No porque simplemente haya seguido sus pasos, sino porque descubrió en la profesión un camino propio para desarrollar sus capacidades y ponerlas al servicio de los demás.

Madre e hija entienden así el legado: no como la repetición de una historia, sino como la posibilidad de tomar lo aprendido de una generación, enriquecerlo con nuevas experiencias y continuar construyendo, desde la propia identidad, una profesión al servicio de las personas.