
A los 42 años, cuando muchas personas podrían pensar que las oportunidades para comenzar de nuevo ya pasaron, María Cecilia Flores Villalobos tomó una decisión que cambiaría el rumbo de su vida y, sin saberlo, también el de sus hijas: regresó al colegio para terminar su bachillerato.
Mientras estudiaba en un colegio nocturno, encontró en su orientadora, Johanna Paniagua, una figura que despertó en ella el deseo de acompañar y transformar vidas. Con el apoyo de su esposo, ingresó a la universidad y comenzó a construir el sueño de convertirse en orientadora.
El camino no estuvo exento de dificultades. Cuando estaba próxima a concluir su Bachillerato universitario, su esposo fue diagnosticado con cáncer. María Cecilia tuvo que combinar sus estudios con el cuidado de su familia, pero no abandonó su propósito. Con perseverancia y fortaleza logró graduarse como Licenciada en Orientación. Hoy, con su esposo recuperado, puede mirar atrás y reconocer todo lo que fue capaz de alcanzar.
Su historia dejó una huella profunda en sus hijas, María Fernanda Monge Flores y Ana Graciela Monge Flores. Ambas crecieron observando su vocación, compromiso y pasión por acompañar a otras personas. Con el tiempo, esa admiración se convirtió también en vocación: hoy, las tres son orientadoras y comparten el orgullo de ejercer una profesión que para ellas representa mucho más que un trabajo.
Para María Fernanda y Ana Graciela, compartir esta profesión con su madre demuestra que la Orientación no solamente deja huellas en las personas que acompaña, sino también dentro de las propias familias. Para ellas, este legado va mucho más allá de compartir una profesión: significa transmitir valores, vocación de servicio, empatía, resiliencia y el deseo de generar cambios positivos.
Aunque cada una ejerce la Orientación desde sus propias fortalezas y personalidad, las tres comparten una misma esencia: la empatía y el deseo de acompañar, generar oportunidades y dejar una huella positiva en la vida de las personas.
Y quizá uno de los mayores orgullos de María Cecilia sea saber que aquella decisión de volver a estudiar a los 42 años trascendió su propia historia. Su ejemplo inspiró a sus hijas y, con ellas, una vocación que puede continuar dejando huella en nuevas generaciones.
“Gracias, mamá, por enseñarnos que nunca es tarde para perseguir un sueño. Te admiramos profundamente”.
Atentamente tus hijas, María Fernanda Monge Flores y Ana Graciela Monge Flores.

